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:::LA IZQUIERDA AUTISTA:::



El escritor José Saramago, viejo militante comunista, se pregunta -no sin amargura- dónde está la Izquierda. En Europa, desde luego, casi ha desaparecido. En Italia y Francia, donde en tiempos no lejanos existieron los partidos comunistas más grandes de Occidente, casi no quedan vestigios de su presencia. Ni hablar de la ex Unión Soviética cuyo partido comunista -el de Lenin- atomizó el país y engendró una insaciable mafia político-financiera.
En América Latina ocurre otro tanto, salvo en Cuba. Los partidos comunistas del continente son pequeños y débiles. En Chile el PC hace grandes esfuerzos en las elecciones parlamentarias para alcanzar el 5 por ciento que le permite mantener su matrícula electoral. Más allá del PC jibarizado hay poco que contar. La Izquierda -señalaba el editorial de PF 670-, aún no se recupera del golpe militar y de los estragos criminales de la dictadura. Todavía no consigue dotarse de un instrumento político, social e ideológico capaz de aglutinar amplios sectores y de levantar un programa alternativo para disputar espacios de poder y multiplicar sus fuerzas.
Pero no sólo es culpa del enemigo. La Izquierda tiene su propia responsabilidad que insiste en eludir.
La Izquierda chilena -que es mucho más que la sumatoria del PC y otras agrupaciones-, presenta rasgos de conducta similares al autismo, ensimismada, incapaz de comunicarse con su entorno social, repetitiva y monótona. No responde a los estímulos de la nueva realidad ni es capaz de aprovechar con inteligencia y agilidad los cambios que favorecen su reconstrucción y fortalecimiento. Sólo reacciona en coyunturas electorales y, sobre todo, para reñir entre los que están por participar y los que llaman a la abstención o a votar nulo.
Esa Izquierda -autista y dispersa- no percibe que ha llegado el momento de levantar cabeza y de actuar con audacia e independencia, con visión de historia.
Las nuevas condiciones permiten diseñar una estrategia de horizontes más amplios y ambiciosos, que vayan más allá de lograr una menguada representación en el Parlamento, objetivo y táctica legítima de un partido pero camisa de fuerza para el futuro de la Izquierda, que es el destino de las grandes mayorías. Veamos.
En el plano nacional, tenemos una Concertación desgastada, que ha entrado en crisis, y es posible que éste sea su último gobierno. Servirle de balón de oxígeno constituye un craso error y ni siquiera hoy es válido el argumento ético del “mal menor”. Buena parte de la Concertación, si no toda, va a cogobernar con la derecha, tal como la derecha ha cogobernado con la Concertación. Así lo evidencian los mensajes que en estos días han enviado personeros de la Concertación a sus amigotes de la Alianza. En ese esquema ningún partido de Izquierda podría actuar como factor de presión o condicionamiento político, que tampoco es el rol que debe jugar un partido de Izquierda. Ese papel lo desempeñará el “partido regionalista independiente” creado por Adolfo Zaldívar y sus socios. Por su naturaleza, es probable que entre a determinar el desenlace de la elección presidencial. Y cobrará caro su apoyo.
En el ámbito latinoamericano, han regresado los procesos revolucionarios democráticos -como el que se intentó en Chile en los años 70-. En Venezuela, Ecuador y Bolivia -también en forma incipiente en Paraguay-, se construyen nuevos sistemas de justicia social y participación popular.
En el mundo, entretanto, el capitalismo está sufriendo un doloroso espasmo financiero que -al menos- anuncia el fin del neoliberalismo y la dictación de regulaciones para meter en cintura al mercado. En paralelo, crece el movimiento mundial en defensa del planeta para crear condiciones que permitan sobrevivir a la Humanidad, protegiéndola de la voracidad capitalista.
Por lo tanto, se dan posibilidades de vencer el autismo en la Izquierda, para intentar un camino propio que conduzca al socialismo del siglo XXI. Esto comienza por proponer una nueva institucionalidad, generada por una Asamblea Constituyente y ratificada por el pueblo en plebiscito libre e informado. Se necesita una Constitución democrática para elaborar leyes democráticas. Es lo que hicieron Venezuela, Bolivia y ahora Ecuador. Y es lo que tendrán que hacer los pueblos que también decidan no seguir soportando los abusos del capitalismo. En ese proceso de generar una nueva Constitución deberá nacer el instrumento político e ideológico -la Izquierda chilena del siglo XXI- que ponga rumbo al socialismo democrático, respetuoso de los derechos humanos y capaz de defender las conquistas del pueblo.






MANUEL CABIESES DONOSO (PUNTO FINAL 672) - 02/11/08

 

 

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